¿Cuál es el propósito?

Si no te has hecho esta pregunta, es probable que algún día te la hagas. Yo, hasta hace muy poco, no me la hacía. En muchos ratos de mi vida, en mi día a día, estaba dominado por mi mente automática, esa que no te pregunta qué hacer, esa que simplemente hace sin más. Te levantas y, como en la famosa película “El día de la marmota” (con la que todos nos sentimos identificados), eres un autómata, estás despierto pero haces ya lo programado, sin pensar, sin reflexionar, simplemente es lo que toca hacer.

Ahora le pongo un remedio milenario, que muchos ya hacían antes que yo: nada más levantarme, me siento en una silla, enciendo incienso, me pongo música de YouTube de relajación y dedico quince minutos a reflexionar, cuál o cuáles van a ser mis propósitos de ese díaCada día me levanto dispuesto a cumplir el propósito de ese día y el viernes pasado era, aparentemente, un día más. Pero no era así. Ese día era especial porque iba a realizar una actividad no programada, que no forma parte de mi trabajo diario. La verdad es que fue espectacular. Pero no hago este escrito por eso, sino por las ganancias colaterales que recibí.

Pude ver la alegría de los compañeros que me acompañaron. El afecto en sus palabras mientras realizábamos un entrenamiento especial a gente especial. No tienes ni idea de cómo puedes inspirar a la gente que te rodea y, sobretodo, si es buena la intención hay detrás de tus palabras y de tus actos.

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